Bolivia: cuando mueren los principios

Juan Carlos Zambrana Marchetti

En el museo del holocausto en Washington DC, una leyenda ilustra la forma en que algunos pueblos renuncian a los principios fundamentales que protegen sus vidas y sus derechos. “Primero vinieron por los socialistas, y yo no hablé porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para ese entonces ya no había nadie quien pudiera hablar por mí.” Eso escribió Martin Niemöller, un pastor luterano anticomunista que apoyó originalmente a Hitler, pero luego se le opuso, y terminó siendo arrestado y confinado.

Un ejemplo de esa erosión paulatina de principios se manifiesta ahora en Bolivia, en forma sorprendente. El año pasado Santa Cruz de la Sierra se salió de su habitual formalidad y se lanzó a las calles para derrocar a Evo Morales en nombre de Dios, aunque aparentemente, hizo un pacto con el Diablo ya que renunció a muchos de los principios antes mencionados.

El del respeto a la vida lo entregó cuando su flamante presidenta ordenó reprimir con impunidad al pueblo que resistía, y Santa Cruz calló ante la masacre de 36 indígenas, porque ellos, los cruceños, no eran ni “collas” ni “masistas” (del MAS), el nuevo insulto para humillar al indígena y a sus defensores.

El principio de respeto al medio ambiente Santa Cruz lo entregó cuando después de arroparse con esa bandera para culpar a Evo Morales por haber expandido la frontera agrícola, calló cuando la presidenta Añez promovió el uso de los transgénicos de Monsanto/Bayer para que Santa Cruz pase al nivel agroindustrial “competitivo” de Brasil y Argentina, lo cual implica un desastre ecológico y sanitario, y una masiva expansión de la frontera agrícola para enriquecer a capitales extranjeros.

El principio de la salud pública como derecho ciudadano y obligación estatal, Santa Cruz lo entregó cuando el sector de los médicos se parapetó en esa bandera para movilizarse contra Morales, luego tomó control del Ministerio de Salud en el cuoteo del poder, y después la presidenta entregó a todos los bolivianos como pacientes cautivos, a la voraz, desregulada, y corrupta industria privada de la medicina. 

En política, los principios fundamentales son esas normas implícitas que todos respetan, sean gobernantes o gobernados, o de izquierda o de derecha. Evo Morales, al repostularse a una segunda reelección consecutiva a pesar de haber perdido el referéndum, vulneró el principio de respeto a la Constitución, y vulneró también el de la integridad del Tribunal Constitucional que tuvo que degradarse a avalarlo con el artificio de un supuesto Derecho Humano. Evo erosionó esos dos principios, es verdad, pero los golpistas “cristianos”, en lugar de restaurarlos, los remataron al inventarse la figura del golpe de Estado “constitucional” avalado también por el mismo Tribunal Constitucional, y después exterminaron el resto.

Ahora el Tribunal Constitucional es la piltrafa y estropajo del ejecutivo, el Fiscal General es el mercenario político del Ministro de Gobierno, las Fuerzas Armadas y la Policía son sus sicarios y matones, y el Órgano Electoral elucubra todavía sobre la pose que tendrá su sometimiento. Todos pagarán sus deudas con la justicia cuando, eventualmente, se restablezca el estado de derecho, pero hasta entonces, Bolivia sobrevive en el submundo pestilente de la absoluta carencia de principios.

 En cuanto a los cruceños, que solo recibieron militarización de parte del gobierno como “servicio de salud” contra el coronavirus, marcan el paso ante la bota que antes juzgaban de corrupta, y hasta sufren carencias de todo tipo, pero ni en esas condiciones entienden el daño que hicieron para presentes y futuras generaciones. Derrocaron al “indio”, y eso es lo único que les importa. Siguen mintiendo que el golpe fue en defensa de los principios democráticos, pero saben perfectamente que fue un golpe brutal contra todos los principios de igualdad y de soberanía nacional que ese “indio” representaba.  

El robo de la elección en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Eran las 3:15 de la madrugada del 25 de octubre de 2019 cuando me despertó el sonido odioso de un mensaje recibido por WhatsApp. Mañana lo veo, pensé, pero el teléfono volvió a sonar, y a sonar, hasta que mi esposa tuvo que intervenir. “Es el tuyo,” me dijo entre sueños y malhumorada. Eso me obligó a levantarme y a mirar, por lo menos, los titulares. “Se robaron la elección en Bolivia,” empezaba uno de los mensajes y adjuntaba un archivo. No soy médico ni cura, pensé, y estuve a punto de apagar el teléfono, pero terminé saliendo del dormitorio. Me fui en puntillas a mi oficina y me dispuse a ver de que se trataba la angustiosa situación que le quitaba el sueño a tanta gente en Bolivia, y especialmente en Santa Cruz, mi tierra natal.

La furia era porque al 99.99% del conteo oficial de los votos Evo Morales había ganado la elección en forma directa, por haber obtenido el 47.07% de los votos, y evitado una segunda vuelta al haber superado a Carlos Mesa con más de 10% como lo establece la Constitución. El problema era que Mesa sólo había llegado a 36.51%, lo cual establecía una diferencia de 10.56% con Morales. Al igual que gran parte de los bolivianos, mi amigo no lo aceptaba, porque estaba seguro de que, de alguna forma, se habían robado la elección. Ante semejante angustia, decidí cerrar la puerta de mi oficina, y llamarlo directamente para evitar tanto mensaje de texto.  

Le recordé que en cada mesa de votación se cuentan los votos en presencia de los delegados de los 9 partidos participantes y de las 3 autoridades de la mesa, que luego todos firman el acta, ponen sus huellas digitales, y se quedan con una copia, lo cual implica que 12 personas de cada mesa tienen copias de las actas, que a partir de ese momento ya nada se puede modificar sin que sea fácilmente descubierto. “Hay datos de las planillas que no coinciden,” me dijo alterado. Traté de tranquilizarlo recordándole que como el ingreso de esos números en las planillas globales de tabulación no es automático, y requiere todavía de intervención humana para meterlos uno por uno, por lo tanto, es susceptible a errores, pero que, en todo caso, esos errores saltan y que se han estado corrigiendo.

“No sé, pero aquí en Santa Cruz todos nos sentimos robados,” me dijo. “Bueno ese es un sentimiento muy válido, porque, de hecho, les robaron”, le respondí, y le recordé que el último día de la campaña electoral, el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas había pedido el voto para el candidato Oscar Ortiz, apelando a la cruceñidad, porque Ortiz “representa la lucha histórica de los cruceños para llevar a su región a un rol protagónico.”  Con eso, Costas le robó a Mesa el 4.24% de los votos que desperdició Ortiz en nombre del cruceñismo.

Pero eso no es todo, porque en el cabildo cruceño, el presidente del Comité Cívico, apoyado en el monumento al Cristo Redentor, y parapetado en una bandera cruceña con la foto de Jesucristo, le pidió al pueblo cruceño votar por cualquiera, menos por Evo Morales, y eso le robó a Mesa el 8.78% que desperdició Chi, el radical candidato “cristiano” de Santa Cruz. Entonces, el pueblo cruceño tiene razón en sentir que le robaron la elección. Se la robó la hipocresía de sus lideres regionales, que prefieren perseguir sus agendas personales antes que el bien común. Se las robó el fanatismo religioso, y un civismo que lleva más de sesenta años perjudicando políticamente a los cruceños y bolivianos.