El robo de la elección en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Eran las 3:15 de la madrugada del 25 de octubre de 2019 cuando me despertó el sonido odioso de un mensaje recibido por WhatsApp. Mañana lo veo, pensé, pero el teléfono volvió a sonar, y a sonar, hasta que mi esposa tuvo que intervenir. “Es el tuyo,” me dijo entre sueños y malhumorada. Eso me obligó a levantarme y a mirar, por lo menos, los titulares. “Se robaron la elección en Bolivia,” empezaba uno de los mensajes y adjuntaba un archivo. No soy médico ni cura, pensé, y estuve a punto de apagar el teléfono, pero terminé saliendo del dormitorio. Me fui en puntillas a mi oficina y me dispuse a ver de que se trataba la angustiosa situación que le quitaba el sueño a tanta gente en Bolivia, y especialmente en Santa Cruz, mi tierra natal.

La furia era porque al 99.99% del conteo oficial de los votos Evo Morales había ganado la elección en forma directa, por haber obtenido el 47.07% de los votos, y evitado una segunda vuelta al haber superado a Carlos Mesa con más de 10% como lo establece la Constitución. El problema era que Mesa sólo había llegado a 36.51%, lo cual establecía una diferencia de 10.56% con Morales. Al igual que gran parte de los bolivianos, mi amigo no lo aceptaba, porque estaba seguro de que, de alguna forma, se habían robado la elección. Ante semejante angustia, decidí cerrar la puerta de mi oficina, y llamarlo directamente para evitar tanto mensaje de texto.  

Le recordé que en cada mesa de votación se cuentan los votos en presencia de los delegados de los 9 partidos participantes y de las 3 autoridades de la mesa, que luego todos firman el acta, ponen sus huellas digitales, y se quedan con una copia, lo cual implica que 12 personas de cada mesa tienen copias de las actas, que a partir de ese momento ya nada se puede modificar sin que sea fácilmente descubierto. “Hay datos de las planillas que no coinciden,” me dijo alterado. Traté de tranquilizarlo recordándole que como el ingreso de esos números en las planillas globales de tabulación no es automático, y requiere todavía de intervención humana para meterlos uno por uno, por lo tanto, es susceptible a errores, pero que, en todo caso, esos errores saltan y que se han estado corrigiendo.

“No sé, pero aquí en Santa Cruz todos nos sentimos robados,” me dijo. “Bueno ese es un sentimiento muy válido, porque, de hecho, les robaron”, le respondí, y le recordé que el último día de la campaña electoral, el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas había pedido el voto para el candidato Oscar Ortiz, apelando a la cruceñidad, porque Ortiz “representa la lucha histórica de los cruceños para llevar a su región a un rol protagónico.”  Con eso, Costas le robó a Mesa el 4.24% de los votos que desperdició Ortiz en nombre del cruceñismo.

Pero eso no es todo, porque en el cabildo cruceño, el presidente del Comité Cívico, apoyado en el monumento al Cristo Redentor, y parapetado en una bandera cruceña con la foto de Jesucristo, le pidió al pueblo cruceño votar por cualquiera, menos por Evo Morales, y eso le robó a Mesa el 8.78% que desperdició Chi, el radical candidato “cristiano” de Santa Cruz. Entonces, el pueblo cruceño tiene razón en sentir que le robaron la elección. Se la robó la hipocresía de sus lideres regionales, que prefieren perseguir sus agendas personales antes que el bien común. Se las robó el fanatismo religioso, y un civismo que lleva más de sesenta años perjudicando políticamente a los cruceños y bolivianos.