Luis Arce ante el cuoteo del poder

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Según la prensa boliviana, el presidente electo Luis Arce Catacora estaría entre dos corrientes internas de su partido a la hora de conformar su gabinete ministerial. La disyuntiva sería incluir a los exministros de Evo, o entregarse de lleno a las fuerzas emergentes que exigen cobrar sus cuotas de poder con repartija de ministerios. Dado que eso no sucede en otros países, y que en Bolivia todavía hay quienes lo “exigen” sin reparo alguno, es necesario explicar para el mundo este fenómeno que nada tiene de democrático.

Hasta la primera mitad del siglo XX el poder en Bolivia lo controlaban discretamente los tres barones del estaño, pero el cuoteo descarado del poder con repartija de ministerios por sectores, se hizo notorio después de la revolución de 1952 cuando el presidente Víctor Paz fue posesionado entre ráfagas y dinamitazos de las milicias mineras y campesinas que habían derrotado al ejército en las calles. La repartija de ministerios era entre todos los sectores populares, pero como ejemplo basta mencionar que el Ministerio de Minas y Petróleo, era de los trabajadores mineros, y el de Asuntos Campesinos, para repartir tierras, de los indígenas de Cochabamba. Como consecuencia de ello, el Palacio Quemado se convirtió en un campo de batalla, donde hasta a los golpes llegaron los ministros que “cogobernaban”. Los mineros exigían nacionalización de todas las minas con control obrero, y los campesinos la tierra sólo para el campesino, más armas y la disolución total del ejército. Ninguno logró sus objetivos porque el MNR desvirtuó las reformas, pero, en cambio, surgió la división entre las milicias campesinas de Cliza y Ucureña en el valle de Cochabamba, las cuales se enfrentaron durante una década, por las listas para los escaños en el congreso, hasta que se produjo una masacre. La solución del MNR fue separarlas, desarmarlas, y disolverlas utilizando para ello a unas Fuerzas Armadas renovadas y fortalecidas, que en 1964 dieron un golpe de Estado e inauguraron un nuevo ciclo de dictaduras militares que volvieron a reprimir al indígena.

El cuoteo del poder no funciona porque desvirtúa la democracia, reduciendo el gobierno a un botín de asalto de los grupos de poder allí representados. Le quita fuerza, libertad, respeto y legitimidad al presidente, y le impide gobernar con eficiencia para todos los ciudadanos, porque en lugar de tener como ministros a expertos asesores en las diferentes ramas de la administración pública, gobierna sitiado y constantemente acosado por una jauría de agentes cabilderos que trabajan para sus sectores y obedecen sólo a ellos.

Durante los 14 años del MAS, Evo Morales logró desterrar el cuoteo, y mantener a su partido unido en torno a su liderazgo. El problema ahora es que, después el golpe de Estado del año pasado, el exilio de Evo y el asilo de sus ministros, los líderes emergentes que quedaron libres porque no fueron perseguidos creen que fueron ellos quienes recuperaron el poder, y ahora piden cuotas de ese poder. La verdad es que para poder recuperar el poder trabajaron todos, aunque algunos tuvieron que hacerlo en forma discreta. Evo trabajó incansablemente desde su exilio, y sus exministros desde sus asilos, todos dirigiendo diferentes operaciones de la campaña. Seria un grave error de cálculo creer que estas elecciones las ganaron los nuevos elementos, sin la decidida intervención de Evo para mantenerlos en línea, persuadirlos a llegar a acuerdos, a ceder cuando no había espacio para todos, y a comprometerlos a apoyar al compañero que sea elegido, para mantener la unidad. El manejo de la campaña fue espectacular. Se hicieron los estudios necesarios de marketing político, se buscó los recursos, se buscó el apoyo internacional, y se contrató a los expertos.  Fue con esa enorme estructura de partido organizado en torno a su líder histórico y jefe de campaña, que el MAS recuperó el poder, y lo peor que podría suceder ahora es que se fragmente por tratar de imponer un cuoteo del poder que jamás funcionará. Eso es una aberración de la política boliviana, y una práctica propia de oportunistas, de piratas, de asaltantes y de ejércitos invasores, que nada tiene que ver con la democracia, donde la legitimidad del presidente emerge del voto popular, y su fuerza de la organización y unidad de su partido.         

Sin embargo, es necesario un cambio de mentalidad en el manejo del poder, y una renovación de los cuadros dirigenciales, es verdad. Pero hay que hacerlo con mucho cuidado y con responsabilidad. En la coyuntura boliviana, que poco tiene de ideal, el principio más aplicable sería el de los pesos y contrapesos. El presidente Arce, de su propia iniciativa y con plena libertad, debiera buscar un balance de fuerzas con gente capacitada, para poder tener la gobernabilidad que sólo le puede asegurar un entorno experimentado, el respaldo de un partido unido en torno a su líder histórico, y la revitalización que le pueden dar los profesionales jóvenes, pero sin aceptar del cuoteo del poder con repartija de ministerios. Buscar siempre un balance de fuerzas con gente capacitada, sería lo más razonable, y no sólo para la conformación de su gabinete.           

Por el bien de todos los bolivianos, el liderazgo histórico del MAS, el emergente, y las organizaciones sociales, tendrían que entender que al presidente Arce, hay que protegerlo y apoyarlo, pero también dejarlo gobernar, para que él pueda reconstruir la institucionalidad, buscar el equilibrio con pesos y contrapesos en todas las instituciones del estado, y ceder espacios para el debate y la fiscalización. Solo con ese tipo de acciones puede empezar con pie derecho, a conquistar la confianza de su pueblo. El capricho, hoy como siempre, solo conduciría a una relación altamente contenciosa, no sólo al interior del partido, sino también con los enervados sectores de la oposición.    

Los 2/3 contra el “indio” en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Después de diez días de la elección de octubre en Bolivia, las autoridades electas recibieron sus credenciales. Eso implica que la voluntad del pueblo expresada en las urnas, para la conformación del poder político que gobernará Bolivia, tiene ya nombres y apellidos. Sin embargo, hay todavía algunos desubicados que no entienden la democracia como la voluntad del pueblo expresada mediante el voto. La entienden como una guerra permanente, por cualquier medio, por muy aberrante que puedan ser.  

Se trata, por supuesto, de los mismos actores de siempre. Los “cívicos” de Santa Cruz, algunos jóvenes evangélicos, y una plataforma ciudadana. Primero hicieron un cabildo para rechazar la elección, en el cual adujeron “fraude” y declararon un paro cívico que no fue acatado por las instituciones ni por la población. Luego hicieron una “vigilia” frente a las instalaciones a la Octava División del Ejército, para intentar subvertir a las Fuerzas Armadas como lo hicieron en 2019 para derrocar a Evo Morales. Luego el presidente del Comité Pro Santa Cruz presentó un amparo constitucional para impedir el acto de posesión programado para el 8 de noviembre. Pero por si eso también les fallara, se desató la primera operación orientada a derrocar a Luís Arce y a David Choquehuanca. La primera acción de ese plan de mediano plazo fue protestar por el cambio que hizo la Asamblea Legislativa en su reglamento de debate, para poder sancionar algunas leyes por mayoría simple, en lugar del 2/3 que la Derecha le había impuesto al gobierno de Evo Morales.

Desde todo punto de vista, el cambio es legal ya que ambas cámaras lo hicieron con absoluta competencia y con los votos requeridos. El objetivo de este cambio es devolverle al gobierno entrante la habilidad de sancionar las leyes de los ascensos militares y policiales por simple mayoría. Hay que recordar que durante del derrocamiento de Evo Morales, las fuerzas policiales y militares rodearon el palacio legislativo para impedir que el 2/3 del poder parlamentario del MAS pudiera reorganizarse y formar gobierno. Después de las masacres de Senkata y Sacaba, el gobierno de Añez pretendió que el senado le apruebe los ascensos para premiar a sus fuerzas represoras. La cámara de senadores controlada por el MAS se negó a hacerlo, y el General Orellana, en traje de campaña y rodeado de otros militares invadió el recinto legislativo para intimidar como a “india” a la presidenta Eva Copa. Pero no logró intimidarla. La presidenta del senado no se doblegó, y como respuesta, las Fuerzas Armadas, en otro acto de desacato, decidieron cambiar su reglamento interno para ascenderse “de hecho”, sin aprobación del senado como lo manda la constitución.

Lo que pretende ahora la ultraderecha cruceña, golpista e irresponsable, es condenar desde el primer día al presidente Luis Arce y al vicepresidente David Choquehuanca a gobernar como “indios”, eso es, sometidos al orden establecido del blanco, y sitiados por los mismos altos mandos militares y policiales que derrocaron al otro “indio”. Eso es inaceptable, irrespetuoso, inconstitucional y claramente subversivo. Las tropas y oficiales de bajo rango obedecieron órdenes superiores en los hechos de sangre del año pasado, es verdad, pero los altos mandos tienen que ser renovados, como es habitual, más aún en el peculiar caso boliviano.          

Otro punto que regresa a ser decidido por simple mayoría es la asignación de embajadores, lo cual significa que, en total, lo que está en juego es la gobernabilidad. La seguridad interna del gobierno, y también su política exterior. Todos los presidentes del mundo tienen derecho a esa elemental prerrogativa. Simple mayoría es lo normal para sancionar esas leyes, pero el 2/3 de Bolivia nació del irracional odio racial contra Morales desde su primer gobierno, cuando no controlaba el senado y la Derecha le bloqueó alrededor de 800 leyes. Para incapacitar al “indio”, a pesar de su mayoría absoluta en el congreso impusieron el condicionamiento de la mayoría extraordinaria del 2/3, y de hecho lo incapacitaron, hasta que el pueblo le dio ese 2/3 y así de sometido funcionó el congreso hasta el presente. Lo que ahora sucede es que esa bancada parlamentaria indígena con poder extraordinario de 2/3 está a punto de terminar su mandato. Sabe que a su sucesora le faltaran 3 escaños para poder seguir funcionando condicionada a tener un poder extraordinario de 2/3 y ha decidido, antes de marcharse, volver a poner las cosas en orden, y como deben ser. Es un acto de legítima defensa de la gobernabilidad para que se pueda cumplir el mandato del pueblo, ante el peligro latente y manifiesto de la subversión. Simple mayoría es lo normal para sancionar esas leyes. La imposición arbitraria del 2/3 fue el mecanismo de la ultraderecha para incapacitar al gobierno del “indio”. Los tiempos cambian y esa humillación ya no puede continuar.  

La verdad del racismo en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Hay muchas formas de racismo en el mundo, pero ninguno como el que se practica en Bolivia, donde es institucionalizado, de origen religioso, tenazmente encubierto y defendido. Es tan poderoso su mecanismo de opresión, que después de cinco siglos de haber postrado al indígena, éste sigue viviendo como elefante de circo, sin saber lo poderoso que es, con relación a la cadenita que lo sujeta de una pata. La espada y la cruz son los dos elementos claves de este método de dominación, pero antes de iniciar el análisis, es pertinente aclarar que la palabra “blanco” no será usada solo en referencia a blancos de raza, ni de piel, sino más que todo de conciencia. Se refiere a seres humanos obviamente mestizos, que se creen blancos y detestan al indígena.

En esa Bolivia tan peculiar, la cruz tiene dos simbolismos que hay que diferenciar. Para los “cristianos” que derrocaron a Morales, por ejemplo, la cruz es el arma que usan para poner de rodillas al indígena, y para éste, es el poder omnipotente que lo pone de rodillas. Así como durante la colonia, no significaba lo mismo ejecutar a espada, que ser ejecutado a espada, la cruz tampoco significa lo mismo para el blanco que para el indígena. Eso es así, porque tanto el indígena cómo el “blanco”, siguen proyectando en sus acciones, el adoctrinamiento impuesto por la espada y la cruz o, dicho de otro modo, por las masacres y la evangelización.

La espada, por lo tanto, es sólo el símbolo de la mitad del método de opresión. Es el símbolo de las atrocidades que se cometieron para torturar, matar y aterrorizar a los indígenas. La ejecución pública de los líderes, mediante los métodos más dolorosos y humillantes como el empalamiento, la desmembración, o amarrar a una mujer a la cola de un caballo para que la arrastre y la deshaga a patadas en el intento de deprenderse de ella, fueron actos orientados a ponerle la cadena psicológica a toda una nación que estaba ya acostumbrada a adorar, seguir al líder y a funcionar como comunidad.

La cruz, por su lado, es el símbolo de la otra mitad del mecanismo, porque tomó esa comunidad traumatizada, la convirtió en su propio rebaño, y la aterrorizó aún más con un Dios de duros mandamientos, con un cielo y un infierno, y que tenía en la tierra seres buenos y seres malos, superiores e inferiores, dignos e indignos, ricos y pobres, y mimados e ignorados. No es un secreto que al indígena le tocó la peor parte, ni que la crucifixión de Jesús, sea para ellos, algo muy real, cercano y terrorífico. En definitiva, ese mecanismo de dominación psicológica le quitó al indígena su identidad de pueblo libre y combativo, y después de destruirlo moralmente, se lo entregó al blanco, cómo sirviente y bestia de carga.      

A partir de ahí, la fe cristiana para los blancos fue la cadena que amarraba en sumisión a sus bestias de carga, mientras para el indígena, fue la cadena que lo amarraba. Como esa cadena había sido adjudicada a Dios, era, para el indígena, tan inapelable, e incontestable, que, si intentaba sacarse el yugo, rebelarse, o contestarle siquiera al blanco, estaba siendo insultante con Dios. Debe entenderse, por lo tanto, que las masacres físicas en Bolivia funcionan, además, como armas psicológicas de control masivo, para aterrorizar al indígena con el recuerdo que lleva bien grabado en la memoria. Masacres cómo las de Senkata y Sacaba, suceden cuando el indígena intenta protestar por su postración, y al hacerlo comete “herejía” al dejar de hincarse, al ponerse de pie, agarrar su bandera y reclamar su dignidad como ser humano.  Evo Morales cometió esa “herejía” con su proceso de cambio, no solo porque puso de pie al indígena, sino, además, porque le dio el espacio político y social que le corresponde, cosa que, sin duda alguna, le resultó insultante y ofensiva a la errónea conciencia de superioridad que todavía tiene el “blanco” boliviano.  Por eso Evo Morales fue satanizado como “hereje”, y derrocado por una coalición de poderes fácticos articulados en torno al símbolo de la cruz.

Ese golpe de Estado, muy mal disfrazado de “transición constitucional”, expuso la forma en que sigue funcionando este método de opresión. La Derecha de Santa Cruz, que articuló el golpe, ante su falta de convocatoria, y no pudiendo sacar a las calles, cómo en el pasado, milicias armadas para imponer bloqueos en las calles, lo hizo con “pititas”, simples cuerdas que cruzaron de lado a lado en las calles. En otras palabras, usaron una barrera simbólica que les funcionó en ese momento, pero que también expuso el secreto que había estado guardado por más de 500 años. Que, de hecho, el “blanco”, no tiene ya espada para doblegar al indígena, ni fuerza pasa imponerse a nadie, pero lo sigue haciendo, asustando sólo con la vaina de la vieja espada.

La Derecha “blanca” lo sabe, y por eso insiste en sacarlo de la contienda, ya sea quitándole la sigla a su instrumento político, haciendo inhabilitar a sus líderes, o tratando de reactivarle en la mente, los últimos vestigios de la consciencia de inferioridad y sometimiento que le puedan quedar. Lo hace con amedrentamientos, bravuconadas, insultos, juicios, persecuciones, y descalificaciones, todos ellos, actos simbólicos, sin valor real para someter al indígena, porque éste, se ha dado cuenta que el campo de batalla de esta última escaramuza por su libertad es su propia mente. “Soy libre carajo!” le faltaría meterse a la cabeza al indígena, y eso le devolvería no sólo su identidad y su dignidad, sino también el poder político, porque esa es la única opción que tiene Bolivia, para recuperar su soberanía, y su economía. Hoy, como ayer, la causa justa del indígena es la causa de todos los bolivianos. El 18 de octubre de 2020, parece estar marcado para la historia.   

Bolivia: cuando mueren los principios

Juan Carlos Zambrana Marchetti

En el museo del holocausto en Washington DC, una leyenda ilustra la forma en que algunos pueblos renuncian a los principios fundamentales que protegen sus vidas y sus derechos. “Primero vinieron por los socialistas, y yo no hablé porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para ese entonces ya no había nadie quien pudiera hablar por mí.” Eso escribió Martin Niemöller, un pastor luterano anticomunista que apoyó originalmente a Hitler, pero luego se le opuso, y terminó siendo arrestado y confinado.

Un ejemplo de esa erosión paulatina de principios se manifiesta ahora en Bolivia, en forma sorprendente. El año pasado Santa Cruz de la Sierra se salió de su habitual formalidad y se lanzó a las calles para derrocar a Evo Morales en nombre de Dios, aunque aparentemente, hizo un pacto con el Diablo ya que renunció a muchos de los principios antes mencionados.

El del respeto a la vida lo entregó cuando su flamante presidenta ordenó reprimir con impunidad al pueblo que resistía, y Santa Cruz calló ante la masacre de 36 indígenas, porque ellos, los cruceños, no eran ni “collas” ni “masistas” (del MAS), el nuevo insulto para humillar al indígena y a sus defensores.

El principio de respeto al medio ambiente Santa Cruz lo entregó cuando después de arroparse con esa bandera para culpar a Evo Morales por haber expandido la frontera agrícola, calló cuando la presidenta Añez promovió el uso de los transgénicos de Monsanto/Bayer para que Santa Cruz pase al nivel agroindustrial “competitivo” de Brasil y Argentina, lo cual implica un desastre ecológico y sanitario, y una masiva expansión de la frontera agrícola para enriquecer a capitales extranjeros.

El principio de la salud pública como derecho ciudadano y obligación estatal, Santa Cruz lo entregó cuando el sector de los médicos se parapetó en esa bandera para movilizarse contra Morales, luego tomó control del Ministerio de Salud en el cuoteo del poder, y después la presidenta entregó a todos los bolivianos como pacientes cautivos, a la voraz, desregulada, y corrupta industria privada de la medicina. 

En política, los principios fundamentales son esas normas implícitas que todos respetan, sean gobernantes o gobernados, o de izquierda o de derecha. Evo Morales, al repostularse a una segunda reelección consecutiva a pesar de haber perdido el referéndum, vulneró el principio de respeto a la Constitución, y vulneró también el de la integridad del Tribunal Constitucional que tuvo que degradarse a avalarlo con el artificio de un supuesto Derecho Humano. Evo erosionó esos dos principios, es verdad, pero los golpistas “cristianos”, en lugar de restaurarlos, los remataron al inventarse la figura del golpe de Estado “constitucional” avalado también por el mismo Tribunal Constitucional, y después exterminaron el resto.

Ahora el Tribunal Constitucional es la piltrafa y estropajo del ejecutivo, el Fiscal General es el mercenario político del Ministro de Gobierno, las Fuerzas Armadas y la Policía son sus sicarios y matones, y el Órgano Electoral elucubra todavía sobre la pose que tendrá su sometimiento. Todos pagarán sus deudas con la justicia cuando, eventualmente, se restablezca el estado de derecho, pero hasta entonces, Bolivia sobrevive en el submundo pestilente de la absoluta carencia de principios.

 En cuanto a los cruceños, que solo recibieron militarización de parte del gobierno como “servicio de salud” contra el coronavirus, marcan el paso ante la bota que antes juzgaban de corrupta, y hasta sufren carencias de todo tipo, pero ni en esas condiciones entienden el daño que hicieron para presentes y futuras generaciones. Derrocaron al “indio”, y eso es lo único que les importa. Siguen mintiendo que el golpe fue en defensa de los principios democráticos, pero saben perfectamente que fue un golpe brutal contra todos los principios de igualdad y de soberanía nacional que ese “indio” representaba.