Evo y Camacho: oráculo de un encuentro histórico

Juan Carlos Zambrana Marchetti

6 de noviembre de 2019

Después de acusaciones, amenazas, y un ultimátum con fines meramente propagandísticos, finalmente el presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz tendrá la oportunidad de estar frente a frente con el presidente Evo Morales. Las trayectorias de ambos hombres, y las banderas de lucha que defienden, además de sus fundamentos ideológicos, y la retórica usada recientemente, hace que, por inferencia, sea posible visualizar, como en un oráculo, todo lo que sucederá en ese encuentro histórico.

Camacho entra a La Casa Grande del Pueblo con la seguridad y la arrogancia que le dan su linaje y su fe cristiana.  Ser el líder del cruceñismo lo hace sentirse como un patrón cuando va a la casucha del capataz de sus peones a darle alguna orden. Además, Camacho va armado con el respaldo masivo de una Santa Cruz totalmente paralizada y a sus órdenes. Llega además ungido por su Cristo Redentor, símbolo contrarrevolucionario de los cruceños, y por el mismísimo Dios, su rey de reyes, y señor de los ejércitos. Está fortalecido por tanto clamor popular, por el apoyo en Facebook, y por tanto poder divino, que su misión es prácticamente pan comido.

En realidad, entiende que Dios ya ha obrado en favor de Santa Cruz, que ha postrado moralmente a Evo a sus pies, y que solo falta el mero tramite de entregarle la carta. Solo falta que Evo sienta el humano temor a Dios congelarle las venas, y el efecto político de ofender a Dios ante las masas creyentes. Sólo falta que Evo se arrodille ante Dios, y que, sobrecogido ante la omnipresencia celestial, firme la carta de renuncia dictada directamente por la Divinidad, a su siervo el Sr. Camacho. Después sólo restaría que el pueblo cruceño celebre a lo grande, dando gracias a Dios, por haberles dado “una victoria tan rápida, sobre un enemigo tan orgulloso e insultante”.  

“Vengo en nombre de Dios”, son sus primeras palabras. “Bienvenidos”, responde Evo en plural, aunque los acompañantes carnales de Camacho no hayan entrado todavía a la sala. Quizá Evo también le había dado la bienvenida a Dios, que supuestamente, llegaba a ese lugar que le era extraño, sólo para acompañar a Camacho, su hijo predilecto. Le traigo este regalo, añade Camacho y le alcanza una Biblia al presidente. Gracias responde Evo, y antes de que pueda dejar la Biblia en la mesa, Camacho se anticipa diciendo “oremos hermanos, por la pacificación de nuestra amada Bolivia”. Acto seguido se pone de rodillas, invitando a Evo a hacer lo mismo.  En ese momento entran dos acompañantes de la comitiva de Camacho, y dos ministros de Evo. Los cruceños se hincan de inmediato, pero los ministros se mantienen de pie, acompañando al presidente.

Hay un tenso silencio en el cual las seis personas mantienen sus posiciones ante la historia: los insurgentes cruceños hincados, y las autoridades bolivianas de pie. Camacho lo tenía eso previsto, y esgrime entonces el arma secreta que llevaba para esa circunstancia. “El que se enaltece será humillado… pero el que se humilla será enaltecido,” dijo con los ojos cerrados, los brazos en alto y la cara hacia arriba. Palabra de Dios, corean los otros dos cruceños, y Camacho continua con su plegaria. Porque tú señor, eres el único Rey sobre esta tierra, te honramos señor con la oración que tú nos enseñaste, y te pedimos señor, en nombre de tu pueblo, obra en todos nosotros y haz que sea tu voluntad y no la nuestra. Acto seguido Camacho reza en voz alta el Padre Nuestro. Los cruceños permanecen todo el rezo con los ojos cerrados, pero saben que en esos momentos Dios está obrando en Evo y sus colaboradores, doblándoles el orgullo, ablandándoles el corazón, y doblegándolos a su voluntad. Lo más seguro es que al terminar el rezo, Evo y compañía estén con los ojos enrojecidos, y totalmente derrotados. Amen, dice Camacho al terminar el rezo, Amen contestan sus dos acompañantes. Abren los ojos y se dan cuenta de que Dios, en efecto, ha obrado, pero más que todo, sobre ellos mismos. Les ha abierto la visión y ahora pueden ver en su integridad a los seres humanos que hay detrás de las apariencias de autoridades que están frente a ellos. Son tres indios que están de pie, sin rabia y sin rencores. Tres indios o, mejor dicho, dos indios y una india. La mirada de Evo es firme pero ininteligible, la larga cabellera destrenzada de Diego Pary, y su gran estatura que lo hacen lucir como un guerrero, contrastan con su calma y la suavidad que reflejaba su mirada. La chola de pollera es la ministra Nélida Sifuentes, quien le extiende la mano a Camacho, y éste se pone de pie.  

En la profecía que debía cumplirse, según lo había idealizado Camacho, la escena estaba predestinada para desarrollarse como si él fuera un torero matador que ya ha hecho una larga y exitosa faena, y llega al momento de la estocada final. Pero algo había salido mal. Tan mal que Camacho hasta se siente como si estuviese haciendo un papelón. Pero él no es hombre de dudar, y aunque las condiciones no sean las mejores, decide lanzarse a la estocada. Da dos pasos hacia el presidente, le entrega la carta, y le dice lo que había preparado para ese momento. “Dios ya ha obrado sobre nosotros. Ha decidido sobre nuestras vidas y la de nuestro pueblo, sólo falta que nosotros cumplamos su voluntad. Yo sirvo de mensajero, y usted firma esta carta.  Evo agarra la carta, sin mirarla siquiera, la pone sobre la mesa, y responde con firmeza.

Hermano Camacho, estás un poco atrasado en tu información sobre la voluntad de Dios. Hace mucho tiempo que vino un español con la misma Biblia a engañarnos y nosotros le creímos. Nos humillaron, torturaron y masacraron en actos públicos que eran circos para ellos, y un escarmiento para nosotros. Violaron a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y nos esclavizaron, pero hace ya catorce años que nos dimos cuenta del engaño. Dios no quiere este abuso contra los indios, ni contra los pobres, ese es un invento para someternos. Pero no nos fue fácil entenderlo y por eso aguantamos y aguantamos en silencio por mucho tiempo.  Hemos tardado 500 años en recuperar nuestra dignidad. En sentirnos seres humanos, en recuperar nuestra identidad, nuestro orgullo, y nuestros derechos. Imagínate, hermano, 500 años aguantando humillaciones, hasta poder entender que tenemos todo el derecho de ocupar el espacio político que nos corresponde. Ya no nos asustan la Cruz, ni la Biblia, hermano Camacho.  Más bien, sabemos que es un pecado usar así el nombre de Dios para volver a someter al pobre y al indio.

Camacho finalmente parece entender. Aparentemente tuvo razón en eso de que Dios había obrado en todos los presentes.