La ruta marcada con sangre y coraje

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Por lo general, las condiciones en que se encuentra el país que recibe un presidente electo, marcan los retos que enfrentará su gobierno. En el caso de Bolivia, el presidente electo Luis Arce Catacora enfrentará retos que están más allá de la exitosa administración del estado, porque tienen que ver con los problemas endémicos del país, que fueron exacerbados a partir del golpe de Estado que derrocó a Morales.

Tanto atropello ha sufrido el pueblo boliviano desde entonces, que aparte de estabilidad económica, ahora anhela vivir en paz y en la seguridad de un verdadero estado de derecho, donde el ciudadano pueda confiar en la institucionalidad, en la justicia, en la policía, y en la civilidad de la política. Esos parecieran ser conceptos abstractos, hasta que se los analiza a profundidad y se ve todo el sufrimiento que causa la ausencia de ellos.

Nunca se vio que después de un cruento golpe de Estado en el que se asesinó a 36 indígenas e hirió a más de 700, el ministro represor se convierta en acusador, juez y verdugo de todas las víctimas del golpe. Que acuse al expresidente y a todos sus ministros de terrorismo por supuestamente asesinar a su propia gente, que la policía se dedique a fabricar teorías de apoyo a esa acusación, y que los jueces emitan sin prueba material ni juicio alguno, los mandamientos de arresto. Eso nunca más puede suceder.

La figura del arresto “preventivo” debe eliminarse, porque es el parapeto donde se esconde la violación a la presunción de inocencia, al derecho a la defensa, y al derecho a la libre locomoción, entre otros, pero, además, porque crea las condiciones para el imperio de la corrupción judicial y policial, por la cual las cárceles están llenas de víctimas inocentes de la justicia, con juicios paralizados, y siendo extorsionadas por policías, jueces y abogados que viven de esa corrupción.

También se debiera tipificar con mayor claridad y penalizar severamente el delito de prevaricato o corrupción judicial para que los jueces no puedan dar curso a denuncias que no incluyan las pruebas materiales del delito, ni los abogados se atrevan a plantearlas, ni los ministros a promoverlas y mucho menos, los policías a acosar a la población y a arrestar sin orden de apremio emitida por sentencia de juez competente.

La institución de la Policía Nacional Boliviana no tiene ya razón de existir después de lo que ha hecho contra su pueblo. Debe ser fragmentada y descentralizada para pasar a depender de los gobiernos municipales y operar con competencias y jurisdicciones restringidas. Los arrestos, como todas las investigaciones criminales y diligencias de policía judicial deben ser conducidas exclusivamente por detectives o agentes profesionales y especializados, dependientes de otra institución totalmente independiente, que funcione además con control social. En cuanto a las Fuerzas Armadas, la insubordinación de los comandantes al presidente como comandante en jefe, no puede volver a repetirse. Debe penalizarse severamente y juzgarse en la justicia ordinaria, al igual que el uso de armas letales contra el pueblo.

Las condiciones en que el nuevo presidente electo recibe el poder en Bolivia marcan claramente la ruta de su gestión. Las vejaciones que sufrió su pueblo durante este año, el silencio ante la humillación, la sangre que derramó, y el coraje con el que resistió la represión y el amedrentamiento, hasta salir a votar en plena pandemia para llevarlo al poder con control parlamentario en ambas cámaras, le indican la ruta y le dan el mandato. Ojalá, Luis Arce Catacora tenga el coraje y la sabiduría que se necesitan para transitarla.

La verdad del racismo en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Hay muchas formas de racismo en el mundo, pero ninguno como el que se practica en Bolivia, donde es institucionalizado, de origen religioso, tenazmente encubierto y defendido. Es tan poderoso su mecanismo de opresión, que después de cinco siglos de haber postrado al indígena, éste sigue viviendo como elefante de circo, sin saber lo poderoso que es, con relación a la cadenita que lo sujeta de una pata. La espada y la cruz son los dos elementos claves de este método de dominación, pero antes de iniciar el análisis, es pertinente aclarar que la palabra “blanco” no será usada solo en referencia a blancos de raza, ni de piel, sino más que todo de conciencia. Se refiere a seres humanos obviamente mestizos, que se creen blancos y detestan al indígena.

En esa Bolivia tan peculiar, la cruz tiene dos simbolismos que hay que diferenciar. Para los “cristianos” que derrocaron a Morales, por ejemplo, la cruz es el arma que usan para poner de rodillas al indígena, y para éste, es el poder omnipotente que lo pone de rodillas. Así como durante la colonia, no significaba lo mismo ejecutar a espada, que ser ejecutado a espada, la cruz tampoco significa lo mismo para el blanco que para el indígena. Eso es así, porque tanto el indígena cómo el “blanco”, siguen proyectando en sus acciones, el adoctrinamiento impuesto por la espada y la cruz o, dicho de otro modo, por las masacres y la evangelización.

La espada, por lo tanto, es sólo el símbolo de la mitad del método de opresión. Es el símbolo de las atrocidades que se cometieron para torturar, matar y aterrorizar a los indígenas. La ejecución pública de los líderes, mediante los métodos más dolorosos y humillantes como el empalamiento, la desmembración, o amarrar a una mujer a la cola de un caballo para que la arrastre y la deshaga a patadas en el intento de deprenderse de ella, fueron actos orientados a ponerle la cadena psicológica a toda una nación que estaba ya acostumbrada a adorar, seguir al líder y a funcionar como comunidad.

La cruz, por su lado, es el símbolo de la otra mitad del mecanismo, porque tomó esa comunidad traumatizada, la convirtió en su propio rebaño, y la aterrorizó aún más con un Dios de duros mandamientos, con un cielo y un infierno, y que tenía en la tierra seres buenos y seres malos, superiores e inferiores, dignos e indignos, ricos y pobres, y mimados e ignorados. No es un secreto que al indígena le tocó la peor parte, ni que la crucifixión de Jesús, sea para ellos, algo muy real, cercano y terrorífico. En definitiva, ese mecanismo de dominación psicológica le quitó al indígena su identidad de pueblo libre y combativo, y después de destruirlo moralmente, se lo entregó al blanco, cómo sirviente y bestia de carga.      

A partir de ahí, la fe cristiana para los blancos fue la cadena que amarraba en sumisión a sus bestias de carga, mientras para el indígena, fue la cadena que lo amarraba. Como esa cadena había sido adjudicada a Dios, era, para el indígena, tan inapelable, e incontestable, que, si intentaba sacarse el yugo, rebelarse, o contestarle siquiera al blanco, estaba siendo insultante con Dios. Debe entenderse, por lo tanto, que las masacres físicas en Bolivia funcionan, además, como armas psicológicas de control masivo, para aterrorizar al indígena con el recuerdo que lleva bien grabado en la memoria. Masacres cómo las de Senkata y Sacaba, suceden cuando el indígena intenta protestar por su postración, y al hacerlo comete “herejía” al dejar de hincarse, al ponerse de pie, agarrar su bandera y reclamar su dignidad como ser humano.  Evo Morales cometió esa “herejía” con su proceso de cambio, no solo porque puso de pie al indígena, sino, además, porque le dio el espacio político y social que le corresponde, cosa que, sin duda alguna, le resultó insultante y ofensiva a la errónea conciencia de superioridad que todavía tiene el “blanco” boliviano.  Por eso Evo Morales fue satanizado como “hereje”, y derrocado por una coalición de poderes fácticos articulados en torno al símbolo de la cruz.

Ese golpe de Estado, muy mal disfrazado de “transición constitucional”, expuso la forma en que sigue funcionando este método de opresión. La Derecha de Santa Cruz, que articuló el golpe, ante su falta de convocatoria, y no pudiendo sacar a las calles, cómo en el pasado, milicias armadas para imponer bloqueos en las calles, lo hizo con “pititas”, simples cuerdas que cruzaron de lado a lado en las calles. En otras palabras, usaron una barrera simbólica que les funcionó en ese momento, pero que también expuso el secreto que había estado guardado por más de 500 años. Que, de hecho, el “blanco”, no tiene ya espada para doblegar al indígena, ni fuerza pasa imponerse a nadie, pero lo sigue haciendo, asustando sólo con la vaina de la vieja espada.

La Derecha “blanca” lo sabe, y por eso insiste en sacarlo de la contienda, ya sea quitándole la sigla a su instrumento político, haciendo inhabilitar a sus líderes, o tratando de reactivarle en la mente, los últimos vestigios de la consciencia de inferioridad y sometimiento que le puedan quedar. Lo hace con amedrentamientos, bravuconadas, insultos, juicios, persecuciones, y descalificaciones, todos ellos, actos simbólicos, sin valor real para someter al indígena, porque éste, se ha dado cuenta que el campo de batalla de esta última escaramuza por su libertad es su propia mente. “Soy libre carajo!” le faltaría meterse a la cabeza al indígena, y eso le devolvería no sólo su identidad y su dignidad, sino también el poder político, porque esa es la única opción que tiene Bolivia, para recuperar su soberanía, y su economía. Hoy, como ayer, la causa justa del indígena es la causa de todos los bolivianos. El 18 de octubre de 2020, parece estar marcado para la historia.   

Marcación humana degradante

Juan Carlos Zambrana Marchetti

La marcación física a hierro vivo fue una práctica común en tiempos coloniales, pero durante la inquisición, la condena a la tortura y a la muerte era presidida por una marcación moral degradante: “hereje” o “bruja”, entre otras. Pero eso no es cosa de un pasado lejano, porque en pleno siglo XX, en la Alemania Nazi, se utilizó una doble marcación en los judíos. Primero la marcación moral con la expresión “judío puerco” para identificarlos y reducirlos instantáneamente, despojándolos de todos los valores y derechos inherentes al ser humano, y después se los marcó físicamente con una numeración antes de ser enviados a las cámaras de gas.  

En estos casos la marcación fue perpetrada con impunidad por regímenes totalitarios, pero la historia nos muestra la existencia de nuevas formas de marcación, utilizadas por gobiernos que se suponen democráticos. Ese fue el caso, por ejemplo, de la marcación de “comunista” durante la segunda mitad del siglo XX en el hemisferio occidental, impulsada por la cruzada anticomunista del senador Joseph Mc’Carthty en Estados Unidos a partir del año 1950. Ante la imposibilidad de matar físicamente a personas que no habían cometido ningún crimen, se recurría a provocarles la muerte civil, asociándolas, sin razón alguna, con la criminalidad, y la “amenaza” que representaba la dictadura de Stalin para el pueblo estadounidense. Así se sometía a las víctimas primero a la condena social, luego al aislamiento, y a la miseria por falta de empleo y de crédito, antes de rematarlas con la persecución judicial y el encarcelamiento.   

Suramérica también sufrió el azote de esas prácticas de marcación humana degradante contra grandes segmentos de la sociedad. Ese es el caso de la marcación de “indio” para reducir a las personas, y bajarlas del estatus social que puedan tener en el presente, para marcarlas con el estatus de subhumano que supuestamente tenían sus antepasados en tiempos de la colonia.

En Bolivia, por ejemplo, toda la carga degradante que durante siglos se le fue añadiendo a la palabra “indio”, ha sido transferida a la palabra “masista”, que significa afín al MAS (Movimiento al Socialismo), el partido político del “indio” Evo Morales. Esto, por supuesto, después de haber satanizado a ese partido político, con un supuesto fraude electoral que ya ha sido ampliamente desmentido.

En cuanto a la marcación personal con móviles políticos, la Derecha ha intentado marcar a Evo Morales de “indio”, de “hediondo”, de “ladrón”, de “raza maldita” y hasta de “bestia salvaje”, pero más allá de esas marcaciones de connotación racista, también se lo ha intentado marcar con crímenes como el “terrorismo”, el “narcotráfico”, y últimamente la “pedofilia”. Ninguno de estos crímenes, que deben ser juzgados con probidad y condenados con severidad, le han sido probados en corte, pero todos fueron, y siguen siendo, utilizados políticamente para destruir su proceso de cambio, postrar nuevamente al “indio” en general.  

Por inverosímil que esto parezca en sociedades avanzadas, en Bolivia las cárceles están llenas de “presuntos” culpables de delitos que no les fueron probados en corte. Personas que están detenidas “preventivamente”, en procesos deliberadamente paralizados, que, además, fueron detenidas por simples acusaciones aberrantes de sus oponentes políticos. La marcación humana degradante, es otro delito que se suma a esta lista interminable de abusos de poder contra el ciudadano, que se cometen a diario en Bolivia. Este delito, por conllevar una falsa acusación, debiera ser severamente penalizado, más aún, cuando tiene móviles políticos orientados a cambiar el curso de la historia de todo un país. 

¿Qué espera el Congreso para terminar de una vez con todo este infierno de abuso de poder y corrupción judicial? Lo puede hacer sancionando y promulgando dos leyes muy simples.  Una eliminando de raíz la figura aberrante del arresto “preventivo”, y otra imponiendo respeto al precepto jurídico de presunción de inocencia. En ambos casos las normas tendrían que estar blindadas. Por ejemplo, penalizando con 10 años de cárcel el delito de falsa acusación, aplicable a denunciantes, abogados, fiscales, y jueces que se atrevan a dar curso a juicios sin la debida presentación y valoración de la prueba material del delito. También debiera tipificarse, en un segundo nivel de falsa acusación, el delito de marcación humana degradante. Esto es, la acción de asociar, por cualquier medio, el nombre o la imagen de una persona, con calificativos degradantes, o con algún delito por el cual no haya sido legalmente hallada culpable.

Leyes como esas, tendrían que ser aprobadas por unanimidad en el Congreso boliviano, tanto por el 2/3 de representación parlamentaria que controla el MAS, cuyos líderes están siendo perseguidos en el presente, como por el 1/3 restante, cuyos líderes ahora gobiernan, pero después del 18 de octubre, serán acusados de crímenes, corrupción, y otros delitos. 

Es hora de que la justicia boliviana salga de la edad media y se adhiera a la modernidad.

Algo apesta en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Los bolivianos, ahora más que nunca, sobreviven sumidos hasta el cuello en las aguas negras de las cloacas, que es allí el sistema judicial. Sin embargo, eso es visible sólo dese afuera, al contraste de sociedades más avanzadas, donde el ser humano tiene derechos fundamentales inviolables, a los que los bolivianos ni siquiera aspiran. No existe en Bolivia el más elemental derecho a la libertad, o a que los poderes fácticos respeten la presunción de inocencia del ciudadano, o que, llegado el caso, el ciudadano sea juzgado por un sistema judicial honesto e independiente del poder político y policial.

Los bolivianos están tan acostumbrados a sobrevivir en esa realidad, que sólo ven justicia en la ficción de películas extranjeras, donde detectives aun sabiendo la identidad del culpable, no lo pueden arrestar, y siguen investigando, hasta obtener una prueba material del delito, y recién entonces se presentan ante el fiscal, para que éste, después de valorar la prueba, se presente ante el juez y le asegure que por fin está en condiciones de probar el crimen. El Juez después de valorar la prueba, emite el mandamiento de arresto, y recién ahí la policía está autorizada a detener al individuo para llevarlo ante el juez, y que empiece el juicio. Eso, porque la ley establece que todo ciudadano ES INOCENTE, hasta que se pruebe lo contrario en una corte. El ciudadano, por lo tanto, es intocable para la policía, y existe un largo proceso lleno de condicionamientos, para que un juez pueda emitir el mandamiento de arresto. El Estado, es quien tiene toda la carga de la prueba contra el ciudadano.

En Bolivia es al revés. Allí las cárceles están llenas de “presuntos” culpables, sin que se les haya probado delito alguno. Se usa el arresto “preventivo”, para encarcelar a la víctima sin prueba alguna, y que la policía archive el expediente. Todos saben que la “investigación” no existe, porque la policía tiene engranajes que sólo se mueven si son engrasados por sobornos. Ahí empieza al calvario de los detenidos y perseguidos, porque la carga de la prueba de su inocencia recae sobre ellos. En estado de absoluta indefensión, desde la cárcel, desde la clandestinidad, o desde el exilio, las víctimas de este sistema corrupto tienen que probar su inocencia. Policías, Jueces y abogados, todos viven de un sistema judicial diseñado para esa corrupción.

Cuando el móvil del arresto o la persecución es político, para deshacerse de adversarios, los juicios se paralizan todavía más porque no existen los delitos, y mucho menos las pruebas, pero eso no importa, porque con los arrestos ya se inhabilitó a los adversarios. Cuando se pretende una eliminación permanente, se provoca la muerte civil de las victimas ante la opinión pública, para que sean juzgadas y condenadas, sin prueba alguna, por el legendario “vox pupuli”, que en la actualidad es una opinión pública totalmente manipulada por noticias falsas de Facebook, Twitter y YouTube. Para eso, la policía filtra material audiovisual robado de los teléfonos de las víctimas, e inventa una historieta que se hará viral de inmediato.   

Una vez que se ha logrado el objetivo político, la “Justicia” abandona su persecución, dejando a la víctima manchada, destruida física y moralmente, y en la miseria, para enfrentar en esas condiciones, la costosa tarea de reconstruir todo lo perdido. Y así, el submundo pestilente de la justicia boliviana sigue vigente, cada vez más putrefacto, y cada vez más peligroso.

Crímenes Orwellianos de Jeanine Añez

En 1949 el escritor Británico George Orwell escribió su famosa distopía en la que muestra una sociedad totalmente alienada. La obra es “1984” y describe la criminalidad de un gobierno autoritario que finge ser bueno y patriótico. Un imperio de la impostura en el que el pueblo es sometido a una brutal represión psicológica, antes de la represión física, la cual se usa sólo contra aquellos con los que no funcione la primera opción.

Se impone la “realidad” de un mundo al revés, mediante premisas como. “LA GUERRA ES LA PAZ, LA IGNORANCIA ES LA FUERZA, y EL PODER ES DIOS.” La primera se refiere a la invención de una guerra con la cual se mantiene a la población concentrada en esa “obligación superior”, y legitima el estado de excepción, en el que el gobierno no provee para el pueblo, ni respeta el estado de derecho. “La ignorancia es la fuerza” es el mecanismo por el cual el gobierno impone sus mentiras y logra que el pueblo, aplastado por la represión y las exigencias de la vida cotidiana, las acepte sin chistar.

“El poder es Dios” porque el creyente convertido en rebaño lo acepta todo. Solo Dios tendría el poder de alterar el pasado y de establecer que 2+2=5, pero si el líder lo dice, sus aliados le creen, la prensa lo repite, y el pueblo lo acepta, pues sucede en la mente y “sólo lo que allí sucede tiene una realidad. DOS Y DOS SON CINCO”. Esa frase ilustra el trágico final de individuos pensantes, que terminan quebrantados, aceptando la imbecilidad como una realidad esencial para la supervivencia.

En el caso de Bolivia, un “enviado de Dios” engañó a todos con su “Guerra Santa” contra el “indio maligno”, reclutó para el golpe a los poderes fácticos, y expulsó al “indio”. Con secuestros exprés, hizo renunciar a todos los líderes parlamentarios del MAS y posesionó a una presidenta títere que instaló el régimen Orwelliano al estilo de 1984.  

Jeanine Añez empezó por aterrorizar al pueblo asesinando a 36 personas, e hiriendo a más de cuatrocientas, pero luego, le endilgó esa criminalidad al “enemigo” externo: el indio en el exilio. La narrativa oficial equivalente a 2+2=5 es que “el propio Evo Morales hizo importar guerrilleros de las FARC para dispararles a sus propios defensores, por la espalda, y mientras escapaban de las fuerzas represoras de Jeanine Añez.”  Con tamaña historieta, marcaron de terroristas a Evo y a todos sus colaboradores, después amedrentaron a la prensa, y encarcelaron a los exministros, ya sea en cárceles o en embajadas cercadas, como la de México, donde siete exautoridades permanecen encerradas, privadas del derecho al asilo político. Incluso una abogada embarazada, por ser apoderada de Morales está presa acusada de terrorismo. Un mundo al revés, en el que un presidente respetuoso de la vida, con 2/3 del poder parlamentario y todos sus colaboradores son terroristas, y los golpistas que incendiaron casas e instituciones, asesinaron, aterrorizaron, y demostraron ser corruptos, son la ley y la justicia. 2+2=5.   

Pero no todo está perdido, porque Orwell concluye que la clase pobre y trabajadora conserva sus sentimientos, sus emociones, su integridad y su sentido de comunidad. No son autómatas, ni rebaños, ni se han endurecido por dentro y siguen siendo humanos. No son leales a una ideología política, ni a un líder, ni a una religión, sino que se guardan mutua lealtad unos a otros, y, por lo tanto, son la esperanza, porque ellos almacenan en sus corazones, en sus vientres y en sus músculos, la energía que cambiará al mundo.

Bolivia: cuando mueren los principios

Juan Carlos Zambrana Marchetti

En el museo del holocausto en Washington DC, una leyenda ilustra la forma en que algunos pueblos renuncian a los principios fundamentales que protegen sus vidas y sus derechos. “Primero vinieron por los socialistas, y yo no hablé porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para ese entonces ya no había nadie quien pudiera hablar por mí.” Eso escribió Martin Niemöller, un pastor luterano anticomunista que apoyó originalmente a Hitler, pero luego se le opuso, y terminó siendo arrestado y confinado.

Un ejemplo de esa erosión paulatina de principios se manifiesta ahora en Bolivia, en forma sorprendente. El año pasado Santa Cruz de la Sierra se salió de su habitual formalidad y se lanzó a las calles para derrocar a Evo Morales en nombre de Dios, aunque aparentemente, hizo un pacto con el Diablo ya que renunció a muchos de los principios antes mencionados.

El del respeto a la vida lo entregó cuando su flamante presidenta ordenó reprimir con impunidad al pueblo que resistía, y Santa Cruz calló ante la masacre de 36 indígenas, porque ellos, los cruceños, no eran ni “collas” ni “masistas” (del MAS), el nuevo insulto para humillar al indígena y a sus defensores.

El principio de respeto al medio ambiente Santa Cruz lo entregó cuando después de arroparse con esa bandera para culpar a Evo Morales por haber expandido la frontera agrícola, calló cuando la presidenta Añez promovió el uso de los transgénicos de Monsanto/Bayer para que Santa Cruz pase al nivel agroindustrial “competitivo” de Brasil y Argentina, lo cual implica un desastre ecológico y sanitario, y una masiva expansión de la frontera agrícola para enriquecer a capitales extranjeros.

El principio de la salud pública como derecho ciudadano y obligación estatal, Santa Cruz lo entregó cuando el sector de los médicos se parapetó en esa bandera para movilizarse contra Morales, luego tomó control del Ministerio de Salud en el cuoteo del poder, y después la presidenta entregó a todos los bolivianos como pacientes cautivos, a la voraz, desregulada, y corrupta industria privada de la medicina. 

En política, los principios fundamentales son esas normas implícitas que todos respetan, sean gobernantes o gobernados, o de izquierda o de derecha. Evo Morales, al repostularse a una segunda reelección consecutiva a pesar de haber perdido el referéndum, vulneró el principio de respeto a la Constitución, y vulneró también el de la integridad del Tribunal Constitucional que tuvo que degradarse a avalarlo con el artificio de un supuesto Derecho Humano. Evo erosionó esos dos principios, es verdad, pero los golpistas “cristianos”, en lugar de restaurarlos, los remataron al inventarse la figura del golpe de Estado “constitucional” avalado también por el mismo Tribunal Constitucional, y después exterminaron el resto.

Ahora el Tribunal Constitucional es la piltrafa y estropajo del ejecutivo, el Fiscal General es el mercenario político del Ministro de Gobierno, las Fuerzas Armadas y la Policía son sus sicarios y matones, y el Órgano Electoral elucubra todavía sobre la pose que tendrá su sometimiento. Todos pagarán sus deudas con la justicia cuando, eventualmente, se restablezca el estado de derecho, pero hasta entonces, Bolivia sobrevive en el submundo pestilente de la absoluta carencia de principios.

 En cuanto a los cruceños, que solo recibieron militarización de parte del gobierno como “servicio de salud” contra el coronavirus, marcan el paso ante la bota que antes juzgaban de corrupta, y hasta sufren carencias de todo tipo, pero ni en esas condiciones entienden el daño que hicieron para presentes y futuras generaciones. Derrocaron al “indio”, y eso es lo único que les importa. Siguen mintiendo que el golpe fue en defensa de los principios democráticos, pero saben perfectamente que fue un golpe brutal contra todos los principios de igualdad y de soberanía nacional que ese “indio” representaba.  

El fenómeno que derrocó a Evo Morales

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Las ciencias políticas no pueden hasta ahora explicar el fenómeno del derrocamiento de Evo Morales, porque éste es un fenómeno que escapa a toda ciencia. Milagro lo llaman algunos, pero, en realidad, no es más que el arte del ilusionismo aplicado a la política.    

El ilusionismo es el arte de la distracción, y parte de que el ser humano está acostumbrado a ponerle atención a una sola cosa a la vez, y que, por lo tanto, capturando esa atención, se la puede redireccionar, para, en primer lugar, cambiarle al individuo la percepción de su realidad, y alterarle su conducta. Peor aún, esa distracción de la víctima, le permite al “mago” atentar criminalmente contra su víctima, por ejemplo, robándole la cartera, o secuestrándolo. En la política, para engañar en masa a todo un país, la extrema Derecha cuenta siempre con el mejor mecanismo de control social que haya existido. Una religión que legitima la superioridad y dignidad del blando y del rico, en contraste con la inferioridad y sometimiento del indio y del pobre, y que convierte a sus fieles en rebaños combatientes siempre dispuestos a ser conducidos por sus pastores de turno, hacia la imposición de ese orden establecido que garantice la “paz social”. Veamos entonces, cómo funcionó ese pastoreo combatiente en Bolivia.

Una vez satanizado el presidente indio, y la “blanca” Santa Cruz paralizada y convertida en rebaño combatiente, el espectáculo de ilusionismo empieza bajo el monumento del Cristo Redentor, donde surge el “enviado” perfecto para esa circunstancia, actuando en el papel de pastor político. Es Luís Fernando Camacho, presidente del contrarrevolucionario Comité cívico pro Santa Cruz, cuya personería jurídica no le permite hacer política. Teniendo capturada la atención de todo el pueblo, empieza a direccionar la atención colectiva con su primer “milagro”: promete sacar personalmente al “tirano” del palacio para meter a Dios en ese lugar. El lenguaje es cifrado, por lo tanto, no se le llama indio al indígena, pero se lo identifica con su bandera la wiphala, a Bolivia con la bandera tricolor, y a Dios con la Biblia. Entendiendo que la exageración es necesaria para el ilusionista, Camacho se identifica con Jesucristo, convocando a su cabildo bajo ese monumento, frente un altar jesuítico con otro crucifijo, y portando además otra cruz en el pecho. La cuarta cruz la lleva en la gorra, y colgadas en rosarios, lleva una quinta en el cuello, la sexta en la muñeca y la séptima en el dedo medio para poder mostrarla constantemente al levantar la mano. Así fue ungido por su rebaño y le fue encomendada la cruzada contra el indio Morales, que, sin embargo, debía librarse en “defensa de Dios, de la democracia, y de la unidad de todos los bolivianos.”

Cuando Camacho tuvo a Santa Cruz bajo su control, se lanzó a controlar todo el país, y lo hizo durante un paro nacional, con otro acto de ilusionismo. Anunció, en otro cabildo, que iría a la ciudad de La Paz, a entregarle personalmente la carta de renuncia al presidente Evo Morales. Nótese que se sugería una confrontación espectacular entre el bien y el mal. La prensa corporativa reproducía la narrativa de Camacho como si fuese la realidad de Bolivia, y, muy convenientemente, la OEA, pidió que se le garantice al dirigente “cívico” su derecho a la libre locomoción. El ministro de Gobierno de Evo Morales cae también en el engaño y le proporciona seguridad para garantizarle el derecho que él le estaba violando a todo el país, al imponer un paro nacional con piquetes de bloqueos. Camacho llega a La Paz, y en lugar de entregar la carta se pone a ultimar los detalles para el asalto final, que, al igual que aquel que terminó con el colgamiento del presidente Villarroel, partiría de la Universidad Mayor de San Andrés, como una demostración “pacífica”, en este caso, para recién entregar la carta.

Mientras todo el país seguía como hipnotizado la payasada de la supuesta entrega de la carta, se fraguaba un brutal atentado contra el gobierno popular de Morales. La insurgencia lograba cooptar a la policía nacional, la cual se amotinó contra el presidente y en lugar de preservar el orden público, se metió a sus cuarteles, dejando al gobierno desprotegido, y dándole luz verde a la subversión para iniciar su ataque final. Esa última fase del plan empezó con la quema de instituciones estatales, de las viviendas de ministros, y las de sus familiares. La Casa de la hermana del presidente fue incendiada, y hasta los hijos de Evo fueron amenazados. En esas circunstancias, el comandante de las Fuerzas Armadas le “sugirió” al presidente que renuncie, Evo así lo hizo para evitar más represalias y salió al exilio en México.

Con todo el país, ya bajo su control, “el mago”, ordena que también renuncien todos los líderes parlamentarios del partido de Evo Morales, a quienes les correspondería asumir la presidencia por sucesión constitucional. Una vez más, la atención se centra en lo que el “mago” había indicado, las cámaras se centran en los legisladores presidencialistas que deberían renunciar para que se cumpla el “milagro”, mientras, tras bambalinas, un ejército de operadores políticos, y grupos de choque, atacaba en forma coordinada a sus familiares. Los actos de presión empezaron con el asalto e incendio de sus casas, secuestros, amenazas personales, y chantajes. La primera en renunciar es la presidenta de la cámara de Senadores Adriana Salvatierra por amenazas contra sus padres.  Luego incendian la casa del presidente de la cámara de Diputados Víctor Borda. Secuestran a su hermano y lo llevan descalzo a una plaza cercana para quemarlo, y con eso logran que Borda renuncie no sólo a la presidencia de la cámara, sino también a su curul como diputado.

Luego los rebaños combativos (hordas golpistas) impidieron que los legisladores del MAS-IPSP pudieran ingresar al palacio legislativo para hacer prevalecer su mayoría de 2/3 del poder parlamentario, y así declararon el “abandono” de funciones de todos ellos, y posesionaron como presidenta del Estado a Jeanine Añez, una senadora de un partido minoritario de Derecha que había logrado apenas el 8% de los votos en las últimas elecciones. Su primera fotografía como presidenta fue levantando en alto una Biblia de gran tamaño y aspecto medieval, con lo cual cumplía dos de las promesas de Camacho: Sacar a Evo y meter la Dios en el Palacio. Mientras eso sucedía, afuera del Palacio, se terminaba farsa de la protesta “pacífica de todos los bolivianos” y quedaba expuesta la cruda realidad. Los policías que se habían amotinado contra Evo para después proteger a Jeanine Añez quemaban la wiphala, se la arrancaban del uniforme, y ultrajaban a mujeres indígenas que intentaban marchar en apoyo a Evo.

Los movimientos sociales protestaron, pero el gobierno de Añez emitió un Decreto Supremo de inmunidad para sus fuerzas represivas, y desató dos masacres de indígenas con un total de 36 muertos y más de 800 heridos según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Añez también intimidó a la justicia para desatar una cacería de “brujas” contra Evo Morales, Álvaro García Linera y los ex ministros de Estado, adjudicándoles las masacres de sus propios partidarios. Aparte de sus muertos, heridos y perseguidos, el gobierno de Jeanine Añez ha instaurado un régimen policial empeñado en revertir el legado de Morales, y asesinar moral y espiritualmente al indígena boliviano, al pobre, al trabajador, y a todo ser humano que se atreva a disentir con su continuo acto de ilusionismo político: la falsa defensa de Dios, de la democracia, de la moralidad de la justicia, y de la unidad de todos los bolivianos, cuando en realidad, todo eso no es más que una narrativa prefabricada, que justifica la barbarie cometida contra el indio, contra el pobre, contra la soberanía nacional, y contra sus defensores.        

Aunque parezca mentira, éste es el modelo del nuevo golpe de Estado “constitucional” que se está perpetrando contra la izquierda latinoamericana: un grotesco excepcionalismo religioso del siglo XVI prosperando en pleno siglo XXI.

Un Cristo contra el indio

Propaganda anticomunista difundida por Estados Unidos en Bolivia en 1961

Juan Carlos Zambrana Marchetti

29 de octubre, 2019

 En 1961, Estados Unidos desplegaba una poderosa campaña anticomunista en la región, que incluía propaganda, represión y la utilización de la fe cristiana. A pesar de que, en Santa Cruz, el comunismo era políticamente inexistente, esa campaña sirvió para reprimir al campesino que luchaba por integrarse a una sociedad de blancos que lo rechazaba. Eso desató una larga confrontación entre las milicias civiles del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), defensoras de la revolución de 1952, y las de la extrema derecha (Unión Juvenil Cruceñista), que al carecer de poder político se había reinventado como “cívica”.

El centro de la capital cruceña era el reducto inexpugnable de la élite que había estigmatizado como “elemento menos deseable de la sociedad” a la clase plebeya que vivía fuera del segundo anillo, marginada, pero luchando por ingresar. En medio de esa batalla, llegó a Santa Cruz una celebridad de nivel internacional, el cardenal Richard James Cushing, estadounidense, arzobispo de Boston, muy bien conectado con la clase alta bostoniana, amigo tan cercano de la familia Kennedy, que había celebrado el matrimonio de John y le había tomado el juramento presidencial.

El Cardenal era un conocido anticomunista, que llegó para celebrar un congreso eucarístico a partir del 9 de agosto de 1961, e inaugurar el monumento al Cristo Redentor, ubicado en plena vía pública, justo en la intersección del segundo anillo de circunvalación y la carretera al norte, donde estaban las colonias de campesinos “collas” que habían sido relocalizados del altiplano como mano de obra para la industria agropecuaria

El Cristo daba la espalda al norte y protegía a la clase citadina, que se adjudicaba la cruceñidad, pero la protección, en el mundo carnal de los mortales, fue proporcionada por las Fuerzas Armadas, las cuales habían tomado previamente la ciudad de Santa Cruz y la habían declarado zona militar. El general René Barrientos Ortuño fue nombrado jefe departamental interino del MNR, en sustitución del doctor Luis Sandóval Morón, quien había sido llamado a La Paz. Los “indeseables” de Sandóval no ofrecieron resistencia, se quedaron en la periferia y en esas condiciones de exclusión y desigualdad se inauguró el congreso eucarístico y se entregó el monumento a la clase alta de Santa Cruz. Una semana después, el Gobierno todavía retenía a Sandóval en La Paz, y a los “indeseables” de Santa Cruz fuera del centro de esa ciudad.

El 19 de agosto una protesta marchó desde la periferia hacia la plaza principal, y rebasó los dos cordones de seguridad, pero fue repelida a balazos por la Policía y el Ejército, con un saldo, según Sandóval, de 16 muertos, 300 heridos y 800 arrestados. De acuerdo con el Gobierno, fueron ocho muertos, 30 heridos, y 304 prisioneros. Después, la élite citadina adoptó a la Plaza principal 24 de Septiembre como a su reducto inexpugnable, y al Cristo Redentor,  como su trofeo de guerra contra la izquierda y contra el Indio, convirtiéndolo en otro de los símbolos de su “cruceñidad”, aunque sea, de hecho, evocativo del clasismo, del racismo, el militarismo, el separatismo y el colonialismo; lacras que en aquellos tiempos no le molestaban a la Iglesia Católica, pero que ahora, al papa Francisco, sí debieran molestarle.

La élite cruceña, que sigue usurpándole el poder al pueblo, ha construido en el Cristo Redentor un altar jesuítico permanente que recrea la imagen glorificada de la criminalidad colonial, pero el uso político de estos dos símbolos está revolviendo un oscuro pasado que no tiene cabida en el presente, porque no condice con la visión moderna de la iglesia católica ni del papa Francisco, y porque no aporta a la reconciliación entre los bolivianos.

En ese Cristo Redentor, ahora los cruceños citadinos realizan sus cabildos en contra del “indio” Evo Morales, allí se arrodillan, se persignan y le piden a Dios, en nombre de Cristo, una victoria política de la Derecha contra los indios de Morales. Todos lo hacen al unísono, con los ojos cerrados y los brazos en alto, rendidos como autómatas, o mejor dicho como fieles ovejas, obedeciendo fielmente a su nuevo pastor: el presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz.

En pleno siglo XXI, al igual que el siglo XVI, el cristianismo es usado como instrumento de control social, para someter a las masas, y reducirlas de individuos pensantes, a rebaños de ovejas, totalmente alienadas. El famoso Cristo Redentor de los Cruceños, es ahora, al igual que en los años sesenta, un arma de guerra contra el pobre, contra el indio, contra el campesino, y en general contra la Izquierda. Un arma de asesinato moral y espiritual que es una vergüenza en el siglo XXI, y es de absoluta responsabilidad del Vaticano, y del papa Francisco, quien con su silencio cómplice solapa esta repugnante prostitución de la fe cristiana.

Con esa arma, el presidente del comité cívico ha envenenado la conciencia colectiva contra el presidente Evo Morales, eso ha ocasionado nuevos cercos de indígenas y campesinos, los mismos que han amenazado con marchar hacia la ciudad de Santa Cruz. El rechazo de los opositores citadinos es previsible, sus sentimientos de odio están exacerbados, y eso recrea las condiciones para una masacre aún mayor. Sin duda alguna, se está jugando con fuego, y el escenario es extremadamente peligroso. Es hora de recuperar la racionalidad. 

 

Religión en la política boliviana

POR JUAN CARLOS ZAMBRANA MARCHETTI / Especial para Cambio

4 julio 2012

No es extraño ver en la historia incontables ejemplos de pueblos totalmente hipnotizados por sus creencias religiosas, atacando a otros pueblos, asesinando y estableciendo dictaduras sanguinarias; todo en nombre de Dios. El fundamentalismo religioso parece ser el más eficiente mecanismo para convertir en ejércitos de autómatas a seres humanos, que de otro modo serían individuos racionales con pleno uso de su libre albedrío. Pero las palabras ejércitos y autómatas son muy duras para ser usadas abiertamente en un método de control masivo que se basa en la obediencia, las religiones prefieren utilizar términos como ovejas, rebaños y pastores.

Un símbolo poderoso

La religión, inventada y manipulada por el hombre, se ha convertido en el mecanismo perfecto para privar al ser humano de su racionalidad e impedirle ver, por ejemplo, evidencias científicas sobre su origen y el del universo, para obligarlo a respetar, a ciegas, mandamientos, ritos y misterios, todo representado por poderosos símbolos capaces de aterrorizar hasta al más valiente de los mortales.

La Cruz es el más poderoso de esos símbolos para los católicos porque representa un instrumento de tortura que ningún ser humano puede resistir. Es morboso porque no refleja la resurrección de Jesús, sino su tortura, su agonía, y su muerte lenta. Tampoco fue inventado exclusivamente para ejecutar a Jesús, sino que era el método utilizado comúnmente por los romanos de esa época. Seguir utilizando ese símbolo en el siglo XXI es una decisión deliberada de amarrarnos a las atrocidades del pasado. Una tortura psicológica perpetrada por la Iglesia Católica contra todos nosotros, sus creyentes. Es muy dañino y debiera ser ilegal como todos los otros abusos psicológicos, más aún cuando es de lesa humanidad.

Para entender lo perverso y retrogrado del uso de ese símbolo hay que entender que si Jesús hubiese muerto por ejemplo en lo que ahora es Chile, durante la conquista española, el símbolo de las iglesias católicas, en lugar del de la crucifixión, sería el empalamiento, la enorme estaca plantada en el suelo y tajada en punta en la cual sentaron, entre otros, al líder mapuche Caupolicán, atravesándolo de lado a lado, y dejándolo expuesto al público para infundir terror.

Los comerciantes de símbolos religiosos se habrían hecho millonarios si Jesús hubiese muerto durante el período de la Santa Inquisición, porque los métodos de tortura y asesinato fueron incontables. Resulta espeluznante sólo ver las fotos de instrumentos como la jaula de Judas, el aplasta-cráneos o la pera vaginal que se introducía en hombres y mujeres para luego ser abierta por un mecanismo de grúa; pero, a juzgar por la morbosidad demostrada por los católicos, quizá el más popular hubiese sido la doncella de hierro, el sarcófago con estacas de acero en el interior de la tapa, donde los curas metían vivos a los “infieles” y cerraban la puerta a presión.

Los cuatro caballos

Si Jesús hubiese muerto en los Andes durante la conquista Española, el símbolo sería quizá la silla con la cuerda en el cuello y el garrote por detrás del respaldar, con el que estrangulaban a los indígenas dándole vueltas al garrote. O quizá adorarían a los cuatro caballos con los que desmembraron a Túpac Katari, también en público para infundir el terror y la obediencia al símbolo de la Cruz.

Pido disculpas al lector por tener que mencionar tanta crueldad, pero ésa es la verdad histórica de lo que significan los métodos de ejecución que han sido utilizados por los imperios con la complicidad de la religión. El problema se complica cuando los políticos conservadores, en su desesperación por la pérdida de poder e influencia, recurren a la religión como último recurso para intimidar al pueblo indígena que fue torturado y sometido con la espada y la Cruz. Tanto fue el terror que los conquistadores le infundieron al indígena utilizando a la Cruz como símbolo, que ahora debiera ser un crimen de lesa humanidad el hecho de que se siga haciendo uso de esas viejas programaciones de las cuales el indígena boliviano no ha podido liberarse.

Miedo a la Santa Cruz

Allá por el año 2003, cuando la oligarquía cruceña defendía aún a Sánchez de Lozada, y un grupo de indígenas oriundos del altiplano marchaba pacíficamente hacia Santa Cruz para protestar, los industriales cañeros se aprestaban al enfrentamiento cuando a alguna mente “brillante” se le ocurrió recordar el trauma de la conquista española. “No se olviden que el indio le tiene miedo a la Cruz”, dijo y solucionaron el problema de una forma simple. Hicieron una Cruz grande y la plantaron en mitad del camino.

Como era de noche, y la oscuridad es buena para exacerbar los misterios, pusieron dos antorchas a los costados de la Cruz y pintaron frente a ella una línea blanca de cal cruzando la carretera. Como habían predicho, los indígenas del occidente se impresionaron tanto que no se atrevieron a pasar a “la tierra de la Santa Cruz.” La anécdota la recuerdan claramente los políticos cruceños, y la aplican constantemente abusando descaradamente del miedo generalizado que se le tiene a Dios y al poder de la Iglesia.

Cuando el gobernador Rubén Costas visitó al presidente Evo Morales en el Palacio de Gobierno y vio el famoso retrato del Che Guevara en la entrada del despacho, decidió retribuirle la gentileza al presidente y lo invitó a su Gobernación para sentarlo y sacarle fotos frente a un enorme retrato de Jesús. Lo que olvidó el gobernador Costas fue que el Che era un político antiimperialista, por lo cual tiene lógica la identificación política de Morales con su ideología. Aparentemente, la derecha boliviana carece tanto de argumentos económicos o políticos, que ya mete la mano hasta en las viejas programaciones religiosas de los católicos para manipular la voluntad de su pueblo, al cual considera, aparentemente, poco más que un rebaño de ovejas.

Un escudo para el camino

Con la IX Marcha de la Cidob sucedió lo mismo porque también coinciden las circunstancias adversas de aceptación. En este caso se ha comprobado que sus líderes no representan ya a nadie, que han sido desconocidos por 9 de las 12 comunidades del Tipnis: unos por traidores al haber hecho acuerdos políticos con la derecha que históricamente los abusó, otros por negociados con industriales madereros, con exportadores de cueros exóticos, agencias extranjeras de turismo de aventura, y hasta con casinos de juego. Ahora, cuando carecen de argumentos, de racionalidad y de apoyo popular, necesitan que impere lo contrario de la racionalidad, algo como la fe para que el pueblo los siga por obediencia. Es en ese momento que aparece convenientemente la Iglesia Católica metiendo a Dios en la política partidista y, entre otras cosas, bendiciéndole a la IX Marcha los símbolos de la Cruz y de la Virgen para que los lleven como estandarte o mejor dicho como escudo y no sean resistidos en el camino.

Es así cómo una vez más la Cruz defiende los intereses políticos del imperialismo, que trata de mantener aisladas a todas esas comunidades por la simple razón de que el indígena es por naturaleza antiimperialista. La hábil maniobra mediática del uso político de los símbolos religiosos le funcionó a la IX Marcha porque a pesar de lo obvio de su impostura fue respetada en todo el territorio nacional. Es que el indígena boliviano sigue padeciendo de los condicionamientos mentales implantados por la tortura de la conquista, por el robo de su identidad libre y guerrera, y por la aberrante aculturación que sufrió para ser insertado en una sociedad que lo esclavizó, obligándolo a someterse a obediencia por mandato de la Cruz.

Creo que las autoridades eclesiásticas han cometido un crimen histórico contra el indígena boliviano, que le deben por lo menos una disculpa pública por lo hecho en el pasado, pero creo también que en el presente siguen cometiendo un crimen al utilizar esas traumáticas programaciones para seguir manipulando la voluntad del indígena a favor de la derecha internacional y los intereses del saqueo, lo cual significa someter nuevamente al indígena a apoyar intereses foráneos contrarios a los propios.

Al margen de que Dios exista, como dice la Biblia, o que no haya evidencia alguna de su existencia ni de que ésta sea necesaria para explicar la vida, como dice la ciencia, algo en lo que todos podemos coincidir es en que la religión creada por el hombre ha sido sangrienta, inhumana y cruel. Que su complicidad con regímenes totalitarios ha sido vergonzosa, y que eso ya no se puede tolerar. La religión, si quiere ubicarse para seguir existiendo en esta época de liberación del conocimiento, debiera dejar de corromperse con intervenciones políticas, limitándose a los asuntos del espíritu, para dejarle “al César lo que es del César”.

POR JUAN CARLOS ZAMBRANA MARCHETTI / Especial para Cambio

El robo de la elección en Bolivia

Juan Carlos Zambrana Marchetti

Eran las 3:15 de la madrugada del 25 de octubre de 2019 cuando me despertó el sonido odioso de un mensaje recibido por WhatsApp. Mañana lo veo, pensé, pero el teléfono volvió a sonar, y a sonar, hasta que mi esposa tuvo que intervenir. “Es el tuyo,” me dijo entre sueños y malhumorada. Eso me obligó a levantarme y a mirar, por lo menos, los titulares. “Se robaron la elección en Bolivia,” empezaba uno de los mensajes y adjuntaba un archivo. No soy médico ni cura, pensé, y estuve a punto de apagar el teléfono, pero terminé saliendo del dormitorio. Me fui en puntillas a mi oficina y me dispuse a ver de que se trataba la angustiosa situación que le quitaba el sueño a tanta gente en Bolivia, y especialmente en Santa Cruz, mi tierra natal.

La furia era porque al 99.99% del conteo oficial de los votos Evo Morales había ganado la elección en forma directa, por haber obtenido el 47.07% de los votos, y evitado una segunda vuelta al haber superado a Carlos Mesa con más de 10% como lo establece la Constitución. El problema era que Mesa sólo había llegado a 36.51%, lo cual establecía una diferencia de 10.56% con Morales. Al igual que gran parte de los bolivianos, mi amigo no lo aceptaba, porque estaba seguro de que, de alguna forma, se habían robado la elección. Ante semejante angustia, decidí cerrar la puerta de mi oficina, y llamarlo directamente para evitar tanto mensaje de texto.  

Le recordé que en cada mesa de votación se cuentan los votos en presencia de los delegados de los 9 partidos participantes y de las 3 autoridades de la mesa, que luego todos firman el acta, ponen sus huellas digitales, y se quedan con una copia, lo cual implica que 12 personas de cada mesa tienen copias de las actas, que a partir de ese momento ya nada se puede modificar sin que sea fácilmente descubierto. “Hay datos de las planillas que no coinciden,” me dijo alterado. Traté de tranquilizarlo recordándole que como el ingreso de esos números en las planillas globales de tabulación no es automático, y requiere todavía de intervención humana para meterlos uno por uno, por lo tanto, es susceptible a errores, pero que, en todo caso, esos errores saltan y que se han estado corrigiendo.

“No sé, pero aquí en Santa Cruz todos nos sentimos robados,” me dijo. “Bueno ese es un sentimiento muy válido, porque, de hecho, les robaron”, le respondí, y le recordé que el último día de la campaña electoral, el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas había pedido el voto para el candidato Oscar Ortiz, apelando a la cruceñidad, porque Ortiz “representa la lucha histórica de los cruceños para llevar a su región a un rol protagónico.”  Con eso, Costas le robó a Mesa el 4.24% de los votos que desperdició Ortiz en nombre del cruceñismo.

Pero eso no es todo, porque en el cabildo cruceño, el presidente del Comité Cívico, apoyado en el monumento al Cristo Redentor, y parapetado en una bandera cruceña con la foto de Jesucristo, le pidió al pueblo cruceño votar por cualquiera, menos por Evo Morales, y eso le robó a Mesa el 8.78% que desperdició Chi, el radical candidato “cristiano” de Santa Cruz. Entonces, el pueblo cruceño tiene razón en sentir que le robaron la elección. Se la robó la hipocresía de sus lideres regionales, que prefieren perseguir sus agendas personales antes que el bien común. Se las robó el fanatismo religioso, y un civismo que lleva más de sesenta años perjudicando políticamente a los cruceños y bolivianos.